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miércoles, 13 de octubre de 2010

Vargas Llosa, la democracia y los derechos humanos

Para muchos militantes de izquierda en América Latina, debe haber asombrado la unanimidad con que se ha celebrado en el Perú la premiación a Mario Vargas Llosa como Nobel de Literatura 2010. Sectores de derecha y de izquierda han manifestado su alegría y han coincidido en que el laureado escritor peruano se merecía desde hace tiempo esta distinción.

La coincidencia no radica solamente en cuanto a la valoración de la calidad narrativa y descriptiva de Vargas Llosa al momento de escribir sus novelas, cuentos y ensayos. El Nobel peruano ha logrado un consenso entre dos posiciones que pueden ser antagónicas en cuanto a su visión de la economía, pero que tienen una visión común en cuanto a la defensa de la democracia y los derechos humanos.

Es conocido que Vargas Llosa fue un izquierdista militante, que rompió con Cuba y terminó convirtiéndose en un liberal. Pero en todo su caminar, tanto en la literatura como en la política, demostró que sigue una línea y un derrotero: la crítica a todo autoritarismo, sea de derecha o de izquierda; la libertad del ser humano para decidir; y la defensa de los derechos humanos.

Como muestra están algunas de sus más connotadas novelas. Tanto en Conversación en la Catedral (1969) y La Guerra del Fin del Mundo (1981), acaso dos de sus mejores obras; e incluso una de las últimas, La Fiesta del Chivo (2000), Vargas Llosa muestra su oposición a las dictaduras, y su crítica a quienes detentan el poder. Por algo la academia sueca coloca entre las razones de la premación "su cartografía de las estructuras del poder y aceradas imágenes de la resistencia, la rebelión y derrota del individuo".

Pero estas posiciones no las defendió solo en sus novelas. Candidato presidencial derrotado en 1990, muchos de los que lo acompañaron en ese camino lo abandonaron y se refugiaron en los placeres del poder que ofrecía la dictadura de Fujimori. En medio de una soledad completa y con todo en contra, Vargas Llosa se pronunció sobre el autoritarismo fujimorista, incluyendo en su denuncia la corrupción y los crímenes de lesa humanidad. En ese sentido, Vargas Llosa mostró su coherencia en lo que significa la defensa de la democracia.

También defendió el trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), y reconoció que su trabajo era importante para conocer a profundidad la violencia política vivida en el Perú durante los años '80 y '90. En ese sentido, se mostró a favor de la construcción de un Lugar de la Memoria, al que el gobierno de Alan García le puso peros inicialmente. Finalmente, el régimen cedió y Vargas Llosa asumió la presidencia de la Comisión constituida para este fin.

La emisión del Decreto 1097, llamado acertadamente "Ley de Impunidad", pues permitía que todos los procesados por violaciones a los derechos humanos tuvieran un pie y medio fuera de la cárcel, provocó la renuncia de Vargas Llosa a esta comisión. Ante el ridículo internacional, el gobierno peruano derogó el polémico decreto e incluso tuvo que cambiar al gabinete.

Aunque no coincidamos en algunas de sus posiciones (sobretodo en el tema económico), es saludable encontrar a un hombre de pensamiento liberal como Vargas Llosa que, al contrario de muchos que sueñan con el retorno del dictador ahora preso (la derecha cavernaria), cree en la democracia y los derechos humanos, puntos de partida fundamentales para construir sociedades justas, libres y solidarias.


sábado, 2 de febrero de 2008

Marito y Alan: Enemigos íntimos

Hace solo cinco años, era impensable que los archirrivales políticos Alan García Pérez y Mario Vargas Llosa se encuentren para conversar. Ni siquiera era imaginable que coincidan en alguna ceremonia. La enemistad política entre ambos era una razón de peso, definitivamente.

Esta situación viene de larga data, algo más de dos décadas. Todo comienza cuando el impetuoso García, en su primer gobierno, anuncia en 1987 la estatización y nacionalización de la banca. Ante esto, surge por primera vez una oposición de peso al régimen aprista, encabezada por Vargas Llosa, junto con gente de la derecha liberal, agrupada en el Instituto Libertad y Democracia, de Hernando de Soto.

El 21 de agosto de 1987, el ya famoso escritor encabezó un multitudinario mitin en la Plaza San Martín, en el que rechazaba el intento de García de estatizar la banca privada. Con este hecho, que recibió respaldo popular, Vargas Llosa crea el Movimiento Libertad, en un principio para frenar la acción estatista, pero que al final deviene en una organización política, que en 1988 se une con Acción Popular y el Partido Popular Cristiano, y forman el recordado Frente Democrático (Fredemo), una coalición de derechas con miras a las elecciones de 1990.

Así, mientras el régimen de García se desgastaba, Vargas Llosa iba ganando popularidad, gracias a sus constantes críticas al manejo económico del gobierno aprista. Llegado 1990, todo parecía indicar que el escritor se convertiría en el próximo presidente. Sin embargo, su archienemigo García, utilizando la maquinaria del APRA (y con el apoyo nada desapercibido de la Izquierda, pese a que comenzaba su fragmentación), prefirió apoyar al desconocido Alberto Fujimori, en perjuicio de su otro archirrival (dentro del APRA), Luis Alva Castro. Y Fujimori logró la victoria, consumándose la venganza de García contra Vargas Llosa. Lo demás es historia conocida.

Pasados los años, pese a estar en el mismo viejo continente, ni Vargas Llosa ni García buscaron coincidir. El escritor estuvo en España, quizá resentido con el Perú, e incluso adquirió la nacionalidad ibérica. Por su lado, el líder aprista estaba en su exilio francés, perseguido por quien apoyó en 1990, y se dedicaba a la docencia, entre otras cosas. En lo único que ambos coincidían eran sus nada suaves críticas al régimen fujimorista. Pero Vargas Llosa seguía siendo de derecha, mientras que García ahora pasaba a ser parte de la socialdemocracia.

García retorna en 2001, tras haber quedado libre de sus procesos judiciales, y postula nuevamente a la presidencia. Si bien es cierto no recibió el guantazo directamente, su archirrival Vargas Llosa apoya a Alejandro Toledo, quien finalmente logra la victoria electoral, derrotando en segunda al entonces ex mandatario, quien, pese a la derrota en segunda vuelta, fue prácticamente perdonado por el pueblo peruano.

Cinco años después, el “gran” Alan (por su tamañazo) vuelve a lanzar su candidatura. Otra vez, y fiel a su estilo, Vargas Llosa apoya a la que fuera denominada por García “la candidata de los ricos y la derecha”: Lourdes Flores Nano. Sin embargo, Alan la deja otra vez fuera de la segunda vuelta, enfrentando a Ollanta Humala.

Aquí se produce el punto de quiebre. Vargas Llosa declara que ante estas dos opciones, prefiere votar por García, porque “representa el mal menor” y realizará su gobierno en democracia. García, sin rechazar el apoyo sorpresivo del escritor, advierte que él no ha pedido ese respaldo. Finalmente, el líder aprista vuelve a la presidencia con más del 52 % de los votos válidos.

Ahora, Vargas Llosa y García se saludan en Palacio de Gobierno. El primero fue a visitar al segundo, en agradecimiento por la preocupación de este último por su estado de salud. El escritor dice que el Presidente está manejando bien la economía, dentro de las reglas del juego democrático y del libre mercado. García señala que “fue un honor” conversar con el escritor e incluso manifestó su deseo de que gane el Premio Nobel de Literatura. ¡Cómo cambian los tiempos, Venancio! ¿Qué te parece?

Es cierto que García cambió. Pero Vargas Llosa también. Sino, recordemos que el laureado escritor peruano era un defensor a muerte de la revolución cubana y de Fidel Castro, en la década de 1960. Ahora es su más acérrimo crítico.