
Sin embargo, por obra y arte del primer mandatario Alan García, esto se hizo realidad el sábado 11. Salvo la bancada aprista, que es un simple furgón de cola del presidente (con pocas excepciones), y los ayayeros de siempre; tanto la oposición parlamentaria, la de los movimientos sociales y diversos analistas políticos, mostraron su contrariedad ante el nuevo gabinete designado por García.
Y esto es porque, definitivamente, después de lo ocurrido en Bagua, se esperaba que el nuevo gabinete fuera más dialogante y concertador ante los conflictos sociales que, pese a que han disminuido su efervescencia, aún se mantienen latentes. En ese contexto, era imperiosa la necesidad de un independiente a cargo del Consejo de Ministros.
Esto no ha parecido importarle a Alan. Él ha preferido obstinarse más con su tesis del Perro del Hortelano, y ha decidido creer cual acto de fe que una inmensa mayoría está con él.
Por eso ha colocado a Velásquez Quesquén. El tema no es tanto que sea del partido de gobierno. Eso no estaría mal (aunque sé que para muchos es terrorífico) si es que el designado tuviera un perfil propio, como lo tuvo Jorge del Castillo. Velásquez no lo tiene. Por el contrario, es uno de los más sumisos y obedientes a los designios del señor presidente. Prácticamente, podemos decir que el presidente del Consejo de Ministros es el mismo Alan García.
Al presidente de la República tampoco le ha importado que Velásquez arrastre varios pasivos: una gestión poco acertada como titular del Congreso, al que convirtió en caja de resonancia de los dictados del Ejecutivo; los negocios de su secretaria, que tenía una empresa que ganó varias licitaciones estatales; y las denuncias de haber contratado en a varios “compañeros” y chiclayanos, dando lugar a un copamiento de puestos en el Estado.
Con esta designación y otras más que también son cuestionables (Aurelio Pastor en Justicia, con los “petroaudios” en pleno proceso judicial; y Rafael Rey en Defensa, para imponer autoridad a los revoltosos), García ha afianzado más su poder. Prácticamente él va dirigir el gabinete, el cual no será para nada de concertación y diálogo, sin ánimos de buscar la paz social; sino de continuar la línea económica neoliberal. Y además, garantizarla con la mayor fuerza posible.
García está demostrando que no ha cambiado. Sea el modelo que sea, de izquierda o de derecha, él siempre tratará de imponerse a las voces que le aconsejan moderación. Como en su primer gobierno, ha perdido su capacidad de escuchar y se ha tornado intolerante. Esta actitud del presidente no es responsable, y otra vez nos pone en la encrucijada del mal menor para el 2011.
