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jueves, 11 de agosto de 2011

La prensa no es divina

Es de Perogrullo decir que ningún ser humano es perfecto. Por ende, sus actos, sus decisiones, y sus creaciones, que han sido valiosas para la sociedad, al mismo tiempo han estado llenas de imperfecciones. Allí tenemos los oficios que tuvieron que desempeñar los primeros humanos para sobrevivir, que luego devinieron, gracias a la ciencia y la tecnología, en profesiones.

Uno de ellos es el periodismo, que puede ser la más noble de las profesiones o el más vil de los oficios. Ambas posibilidades están intactas, dado que quienes lo ejercemos no somos perfectos. Y por lo tanto, no somos divinos.

Sin embargo, muchos periodistas (y perdón que quien escribe hable de los colegas) han pegado el grito en el cielo porque no pudieron entrar a la sesión privada del pleno del Congreso, en la que la escandalosa y prepotente Martha Chávez fue sancionada por 120 días por su exabrupto el día del mensaje inaugural del presidente Ollanta Humala. También han pataleado hasta el techo porque el mandatario, simplemente, ha decidido no hacer declaraciones públicas. Todo en apenas dos semanas de gestión.

Esto pasa porque muchos periodistas creen que si alguien no quiere declarar, es de lo peor y se sienten ofendidos. Sobretodo aquellos que son considerados líderes de opinión, y que, como es evidente, representan grandes intereses y buscan el quinto pie al gato en todo, para comenzar a mermar la imagen de quien gobierna. Con esta actitud, pretenden generar una sensación de que fiscalizan con todo al gobierno de turno. Sin embargo, la verdad es que juegan para quien tiene el poder. Porque, vamos, el hecho de que Ollanta Humala haya llegado a la presidencia no quiere decir que tenga el poder.

En el Perú, quienes tienen el poder son los grandes grupos de poder económico. Ellos le pusieron la agenda a un Toledo tímido que no se atrevió a hacer más cambios, y terminó colocando como su jefe de gabinete al mismísimo Pedro Pablo Kuczynski, que evidentemente es un representante de esos mismos sectores. Alan García llegó por segunda vez al gobierno con una agenda de cambios incluso más a la izquierda que la de Humala en esta elección, pero prefirió casarse con el poder e incluso proclamar a los cuatro vientos que esas eran sus ideas ahora.

En ese sentido, Humala ha llegado al gobierno, pero no al poder. El objetivo del actual mandatario debe ser lograr que nuestra sociedad sea más democrática y justa, y que las elecciones no sean un mero trámite para que al final los mismos de siempre sigan dominando. Esto será posible en la medida en que pueda implementar cambios que, desde luego, el poder económico no querrá que se implementen, utilizando a los grandes medios de comunicación, en los que están bien representados por colegas que se creen divinos, para buscar cualquier tontería como que, por ejemplo, el Presidente no quiere hablar.

Si el señor Humala no quiere hablar, está en su derecho. No tenemos que ofendernos ni rasgarnos las vestiduras por eso (aunque es claro que esa supuesta indignación tiene un objetivo). Cuando Alan García no quería hablar, nadie decía ni pío. Cuando habían sesiones cerradas en las comisiones de Defensa, por ejemplo, durante el régimen anterior, no recuerdo haber visto a algún periodista “mediático” que salte hasta el techo.

Lo que los periodistas debemos juzgar son los actos de gobierno. Es verificar si el señor Humala es capaz de cumplir todo lo que ha prometido. Es comprobar si se producen actos de corrupción de verdad, y no tonterías como las del tal Alexis. Es observar si está ejerciendo el gobierno con una orientación hacia la justicia social, y que las normas beneficien a todos, y no solo a un sector; aunque muchos periodistas intentarán juzgar todo desde la perspectiva de beneficiar a quienes siempre lo han sido. Es cuestionar, por ejemplo (como acertadamente lo ha hecho el semanario Hildebrandt en sus trece), que el señor Humala haya nombrado como consejero a Eduardo Roy Gates, quien fuera abogado del controvertido Rómulo León, protagonista del acto de corrupción más sonado del quinquenio anterior.

Por otro lado, debemos hacer un mea culpa. El periodismo ha estado más cerca de ser el más vil de los oficios. Debería darnos vergüenza lo ocurrido en el último proceso electoral, donde muchos prefirieron apoyar a Keiko Fujimori sin ningún pudor. Y que muchos sigan silenciosos respecto de lo que fue el gobierno de su padre.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Perú 21 sin Álvarez Rodrich

Ha pasado una semana de la última columna que escribiera Augusto Álvarez Rodrich, otrora director de “Perú 21” durante seis años. Desde ese momento, Perú 21, es un diario común y silvestre, sin un estilo que marque la diferencia respecto de los otros tabloides que abundan por la capital.

La última columna de Álvarez Rodrich se refería al asunto de las reuniones de varios políticos de nuestro país con el empresario dominicano Fortunato Canaán, quien pretendía realizar varias inversiones en el Perú. Canaán tuvo vínculos con los tristemente célebres Rómulo León y Alberto Quimper, a quienes se les descubrió su “faenón” con los negociados que hacían por lo bajo, para beneficiar a una empresa petrolera, en complicidad con altos funcionarios del actual gobierno.

Este tema fue recurrente en los últimos artículos de opinión de Álvarez Rodrich. Sin embargo, el diario El Comercio (de la misma empresa a la que pertenece Perú 21) mostró en sus editoriales su oposición al tratamiento de esta información. Evidentemente, fue una primera forma de congraciarse con el régimen. Sin embargo, Perú 21 continuó con la línea de investigar estos hechos. Esto costó la salida del economista de la dirección del tabloide.

Y con la salida de Augusto Álvarez Rodrich, también salieron, en solidaridad, casi todos los columnistas que, de alguna manera, convirtieron a Perú 21 en el diario plural, serio y diverso, que el pueblo peruano necesitaba, alejándolo de la cultura “chicha” reinante. Pues los taxistas dejaron de comprar Ajá o El Chino, como en los ‘90: un Perú 21 en el asiento de adelante era la voz ahora.

A esto hay que agregar el despido de los periodistas Fernando Ampuero y Pablo O’ Brien del decano de la prensa peruana. La razón: éstos tuvieron la primicia de los “petroaudios”, e intentaron publicarlos por medio de El Comercio, y ante la negativa del “decano”, los propalaron vía Canal 4, con el apoyo de Fernando Rospigliosi.

De nada valió el discurso pro-liberal en economía y anti-Chávez que enarbolara Álvarez Rodrich en sus columnas. Meterse con el gobierno, igual le costó caro.

Sin duda alguna, estos hechos constituyen un atentado contra la libertad de expresión y de prensa. Y no viene necesariamente del gobierno: El Comercio mismo fue la que ejecutó la medida, como una forma de “guiño” al régimen de Alan García. Este “guiño” es uno más de los tantos que le ha dado en sus editoriales y columnas de opinión, haciendo parecer al “decano” como si fuera el diario El Peruano del régimen aprista, o como La Tribuna, diario del Partido de Alfonso Ugarte. Significa el fin de 80 años de anti-aprismo.

Esto demuestra que los medios deben dejar de ser de empresarios, o de personas particulares. Los periodistas somos los que debemos manejar los medios, y dejar de ser simples empleados del poder económico y político. Debemos aspirar a que ocurra lo que en otras latitudes, como en Estados Unidos o Francia, donde nadie, por más poder que tenga, censure un artículo contrario, así esté escrito en el New York Times o Le Monde.